jueves, 8 de abril de 2010

INDISPENSABLE LA INDEPENDENCIA CRÍTICA DE LA LITERATURA: CARLOS FUENTES


La literatura y la imaginación son consideradas superfluas

INDISPENSABLE LA INDEPENDENCIA CRÍTICA
DE LA LITERATURA: CARLOS FUENTES

Por Sergio Hernández Gil

Si queremos construir un sistema democrático es indispensable mantener la independencia crítica de la literatura en México, independencia crítica que inicia con la propia novela de la Revolución Mexicana a través de Mariano Azuela y es continuada con las obras de Martín Luis Guzmán, Rafael Muñoz y José Vasconcelos, señaló el escritor Carlos Fuentes.

“Crítica indispensable ayer, pero más indispensable hoy”, subrayó el prolífico autor, al dictar una conferencia sobre la Novela de la Revolución Mexicana en El Colegio Nacional, del que es integrante desde 1972, y la cual dedicó a su “joven-viejo amigo” Carlos Monsiváis, quien se encuentra hospitalizado desde hace unos días debido a una afección respiratoria.

Añadió: “La religión exige fe, la lógica demanda razón, la política solicita ideología, la novela pide crítica, crítica del mundo junto a crítica de sí misma, y aunque la literatura y la imaginación son consideradas superfluas en sociedades satisfechas de sí mismas, lo primero que hace una dictadura es censurar libros, quemarlos, y exiliar, asesinar o encarcelar escritores”.

Ante más de un centenar de personas reunidas en el Aula Mayor de este histórico recinto, el autor de La región más transparente señaló que se demuestra así la importancia de la literatura, “la libertad crítica de la imaginación y de las palabras”.

El novelista, cuentista y ensayista destacó como excepción a la regla que las revoluciones rusa y mexicana produjeran más rápidamente literatura en comparación con otros movimientos sociales como la revolución francesa o la independencia norteamericana.

Inició su disertación refiriéndose a lo raro que resulta que una revolución tenga de inmediato novelistas. Como ejemplo señaló al movimiento independentista de los Estados Unidos, en 1776, cuyas primeras obras en relación con esta etapa histórica se produjeron hasta 1820 con Nathaniel Hawthorne y Edgar Allan Poe.

Algo parecido sucedió, había explicado previamente, con la revolución francesa (1789-99), que produjo grandes oradores en ese periodo pero que fue hasta 1830, con Rojo y Negro de Stendhal (pseudónimo de Henry Beyle) y la novelística de Honorato de Balzac, cuando se produjeron las primeras obras que se refirieron a dicho momento de la historia francesa.

Tal vez las revoluciones rusa y mexicana sean las únicas que generaron obras literarias simultáneas o inmersas en los procesos revolucionarios. En Rusia, con Petesburgo de Andrés Biely (pseudónimo de Boris Bugaev), la obra del poeta Vladimir Mayakovski, y más tarde con Boris Pasternak, autor de Doctor Zhivago, que a la postre resulta una novela crítica de la revolución rusa.

La revolución mexicana, que se inicia como un movimiento contra la permanencia de Porfirio Díaz en el poder, es la única que presenta una respuesta literaria inmediata con Los de Abajo, escrita en 1915, en pleno proceso revolucionario, por el médico Mariano Azuela, quien estaba al servicio de Francisco Villa y su movimiento.

Mariano Azuela, maderista, dice Fuentes, recrea una novela épica afectada, desencantada, una suerte de “Iliada descalza”, de tal manera que Pancho Villa es también una especie de Napoleón mexicano. Uno de los personajes de la novela de Azuela, Demetrio Macías, quien representa al general villista Julián Medina, muestra la visión que tienen estos luchadores sobre su movimiento: “ahora nosotros, nosotros vamos a ser los meros catrines”.

Carlos Fuentes atribuye esta pronta respuesta de los escritores de la revolución mexicana y rusa a la gran extensión territorial y al elevado nivel de analfabetismo que existe, por lo que “se requiere en cierto modo con urgencia la palabra de la imaginación”.

En este contexto, se refiere también a Vámonos con Pancho Villa, de Rafael F. Muñoz, a Tropa Vieja de Francisco L. Urquizo y a la novela cristera Los Bragados, de José Guadalupe de Anda.

Más adelante en su conferencia, el autor de Aura habló sobre Al filo del agua, novela de Agustín Yánez, a La Sombra del Caudillo de Martín Luis Guzmán y a Pedro Páramo de Juan Rulfo, con la cual se cierra, afirmó, el ciclo de la novela de la revolución mexicana y de ahí se da paso a la novela urbana.

Analizó La sombra del Caudillo, escrita en 1928, ya cuando la sociedad mexicana transita “entre el caballo y el Cadillac”. Se trata de un caudillo que permanece en la sombra, que frustra, que hace trampa, es un titiritero.

Es la transición inicial hacia el México de nuestros días. El escritor tiene una voluntad estética, utiliza una diáfana prosa que ilumina y aspira conciliar el fondo con la forma.”Guzmán retrata a un poder político aún inseguro, que se mueve del cambio a la permanencia, de la bola a la institución”.

Al filo del agua (1947), Pueblo de mujeres enlutadas, Pueblo seco sin árboles ni huertos, es una novela coral, en la que el coro representa al pueblo, su gente. La obra, explica Fuentes, muestra una ruptura con la realidad, revela secretos de lo desconocido en un presente narrativo. Es un coro falsamente estático que contiene acción por venir, en el que la narración es interior, cuenta lo que sucede dentro de las personas, no fuera.

Este pueblo de mujeres enlutadas es un monólogo interior en el que rompe el silencio del pueblo y da voz al pueblo mudo, vence la linealidad de la historia con la diversidad y simultaneidad de las voces, todo en busca de la justicia que traería la revolución.

Antes de Yáñez, en la novela mexicana, la de Azuela y de Guzmán, se habían narrado los hechos de modo directo y continuo, como lo exigía la norma realista. El autor de Al filo del agua nos presenta no un nuevo realismo sino la ruptura de la realidad.
Se extiende, entusiasta, Carlos Fuentes en la obra de Juan Rulfo, Pedro Páramo. Hay en esta novela modernidad narrativa, con sedimentos de la influencia del género proclamado por Yáñez. Tradición asumida por Juan Rulfo, quien “despoja al cacto de espinas y nos las clava como un rosario en el pecho; toma la cruz más alta de la montaña y nos revela que es un árbol muerto en cuyas ramas cuelgan, sin embargo, los frutos sombríos y dorados de la palabra”.

Establece un paralelismo en la búsqueda que hace Juan Preciado de su padre Pedro Páramo con la de Telémaco a Ulises. Preciado es abandonado a las puertas del infierno, Comala. Establece la novela en tiempos simultáneos, un eterno presente.

Susana San Juan, la mujer que sueña de niño, abre una ventana anímica que acabará por destruirlo, señala Carlos Fuentes. La fisura del alma de Pedro Páramo fue el sueño con Susana San Juan. Negar el mito sería negar el lenguaje, en la voz de Rulfo el origen del mito es el origen del lenguaje. El nombre original de la novela es Los Murmullos.

Es una novela insuperada, quizá insuperable, agrega Fuentes, quien atribuye a Páramo el carácter de Tlatoani, que en lengua náhuatl quiere decir “el de la voz”, que en realidad es el cacique que condena a Comala a muerte, la condena al silencio, pero que no sabe que en la muerte nace el silencio.

Establece entonces una identidad de la muerte con el mito, las dos “emes” que coronan todas las demás antes de que las corone el nombre mismo de México. Es una novela misteriosa, mística, musitante, murmurante, mugiente y muda. Páramo deja morir a Comala porque no puede poseer a Susana San Juan en su propia esfera verbal, en su voz.

"Pedro Páramo se resume en el espectro de nuestro país: un murmullo de polvo desde el otro lado del río de la muerte", dijo.



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